Mateando con Raúl González Tuñón

. martes, 25 de noviembre de 2008
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Hermoso tipo, al parecer. Se murió en 1974, y nació en Buenos Aires en 1905, además de nacer todos los días. ¿De dónde lo sacó el mundo? Ni idea. ¿De dónde lo saqué yo? De un documental sobre Juan Gelman, con el que podríamos matear, tranquilamente. Encima está vivo, así que podríamos matear como ningún dios manda. Según la wikiamiga, se frecuentó con taaaanta gente genial don González Tuñón (dice ahí César Vallejo, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Federico García Lorca y Pablo Neruda), dichoso él.
¡Qué loco! ¡Ningún dios los cría y el viento los amontona!
Ésta selección es tomada de la primera parte de Los caprichos de Juancito Caminador, que es lo único que hasta ahora leí.





La Señorita del museo de cera

La asesinada está como estaba, inclinada
ligeramente, un libro duerme en su falda oscura
y es su rostro de pura blancura estrangulada
inocencia perfecta, transparente ternura.

Es bueno estar con ella cuando afuera la nieve
-la misma que cubrió su sangre delicada-
cae sobre la calle, fugaz y leve y breve,
más breve que su vida de niña derramada.

El asesino, al fondo del salón, el ahorcado
de rostro verde, espera la hora penumbrosa:
ya sabe que le aguarda, oh tenebroso amado,
la Blanca Señorita de Carne Silenciosa.

La Señorita Ortopédica


La Señorita Ortopédica
se levanta muy temprano,
con el sol, en la vidriera.

La Señorita Ortopédica
no puede querer a nadie,
ni a la jeringa rosada
ni a la muleta ni al parche
ni al brazo de hierro, solo,
desconsolado, perfecto,
como Mambrú cuando vino
y ya todos habían muerto.

¿Cómo va a querer a alguien
la Señorita Ortopédica?
Porque es de alambre, sin duda,
porque es de cera, sin duda,
no hay duda,
porque es compuesta, inventada,
armada, desanimada, desalmada,
fría y muda.

El vals del Emperador

Los rufianes lo bailan en los salones
bajo la luz helada, entre los naipes
(las sotas tienen ya las rodillas podridas,
y los caballos sed, y los reyes murieron).

Las dulces niñas corrompidas,
ah corrompidas, corrompidas,
quieren bailar conmigo,
pero no puedo porque se deshacen.

La mujer del Coronel (bastante vieja)
ha encendido las antiguas lámparas
y todos están juntos, qué terible,
todos están dormidos esta noche
y el Emperador, vacilante,
ordena a la orquesta levantando
su índice muerto.

Cada uno lleva su almohadilla,
la alhaja concedida a la muerte,
la papeleta del nicho
y algunos agónicos nardos.

Míralos en el fondo del espejo,
cerca de los paraguas y los sombreros solos,
la última carta del Primer Ministro,
la Gaceta de ayer,
en el punto en donde se encuentran
los olores perdidos,
un guante, un diente de oro, una violeta.

Todos están juntos, qué terrible
y en lugar de la luz,
del reflector del techo cae una baba silenciosa, fría.
Es la muerte pequeña, pequeña todavía.

La pieza donde velaron a Eloísa


Al fin se quedó sola como la muerta,
la pieza en que velaron a la modista.
Un maniquí de mimbre junto a la puerta
y sobre el viejo mueble la ropa lista.

Ese diario con lápiz rojo marcado
en la parte de avisos fúnebres, y ese
cuadro con pretensiones, marco dorado,
Virgen y Niño en cielo de Veronese.

La Academia de Corte y Confección tuvo
su auge en un tiempo; luego, los días malos,
el kerosén barato que ahúma el tubo,
la sopa recocida de arroces ralos.

Todo pasó de moda como la moda,
los querubines de los cielorrasos,
los mozos que tomaban la vida en joda
y las lágrimas blancas de los payasos.

Escaparate de esa modista de antes,
talles de avispa, senos robustos, moños,
cuando la cortejaban los estudiantes.
(El único sincero murió en otoño)

Ese olor de la pieza, de insecticida,
entre permanganato y ácido bórico;
ese olor que en las sábanas dejó la vida,
y ese olor de la muerte, tan categórico.

La Señorita Muerta

Si usted quiere, que llueva,
si usted quiere, un farol,
antracita en la estufa,
aldabón en la puerta

y en un rincón del cuarto
la Señorita Muerta.

Ellos creen que está viva
la bella embalsamada
ellos quieren que ella
reciba sus visitas.
Oh, pobre señorita
la Señorita Muerta.

Si usted quiere, pianola,
un diploma y un álbum.
Si usted quiere, un retrato
de novios a la sepia
y en el sofá, sentada,
la Señorita Muerta.

Ellos comen y duermen,
trabajan, se fatigan,
mientras ella sentada
toda adentro vacía,
oh, Señorita Muerta,
la Pobre Señorita,

toda adentro rellena,
toda afuera pintada,
con el mejor vestido,
con la mirada helada,
oh, Señorita Muerta,
Señorita Sentada.

Mientras ella sin tumba,
sin aire, sin estómago,
toda afuera de carne,
toda adentro desierta,
sueña cuando era viva...
la Señorita Muerta.

La última orquesta de Señoritas

Tan gordas, tan peinadas,
tan cursis, tan solteras,
tan los labios pintados,
tan los trajes de seda,
tan el piano, el violín
tan tin, tin tan, tan ton
el violón, el violón.

Murieron los jazmines
sobre los altos senos,
ya está verde violácea
la que tomó veneno.
La vamos a enterrar
dentro del violoncello.

Ha tiempo que no iba
por el café del puerto.
Partitura amarilla,
atril con polvo, espejo
sin imágenes, lento
pasar de antiguas sombras
por el café desierto,
y la Registradora...
con el cajero muerto.

Retrato de la desaparecida
(Mariette Lydis)


¿En qué zona, real, pero apenas visible,
en qué clima, perdida, pero jamás del todo,
está su voz sin voz, sus ojos sin mirada,
el delicado pelo aún no deshecho en polvo
y la carne perdida en su mano enguantada?

Equilibrio entre el ser y el fantasma, retrato
del alma casi a punto de evadirse del cuerpo,
la muerte detenida por decoro, en el punto
en donde se despide lo vivo de lo muerto.
Un fondo todo oscuro y un tul casi difunto.

La señorita del correo

Me gusta la lluvia en un pueblo el Sur
y en el Norte, reseco, me gusta beber a la sombra,
siempre la veo detrás del mesón esperando, esperando,
en el Norte, en el Sur ¡es la misma de celestes venas!

¿Dónde estará ahora con su diente de oro
la bruma de un ojo de vidrio sin vidrio,
el río de lacre en la oscura madera podrida,
la yema del índice de tinta engomada
y un olor de ropa gastada de hoteles perdidos?
¿Dónde estará ahora esperando, esperando,
la carta que nadie le escribirá nunca?

Las estatuas

Las estatuas siempre desnudas con calor, con frío,
las estatuas siempre mojadas en las avenidas,
las estatuas siempre resecas en las avenidas,
las estatuas siempre esperando en las avenidas.
Las estatuas con terno, guantes, galera (de bronce),
las estatuas con clámide, veste, sandalias (de mármol),
las estatuas cuando desfilan los Huerfanitos,
las estatuas cuando el Ministro pronuncia un discurso.
¡No, yo no quiero ser estatua! Ni yo. Ni yo.

Retrato de Elena Andree Y marcelino Desboutin
(E.H.G. Degas)


Olor de arenque y flaca sopa fría. Tú, Elena,
de zapatos gastados en calles y mercados,
y el vestido -brillante en un tiempo- que usan
para morirse, algunas coristas, ya vencidas.

Mejor no hablar de ti, Marcelino, dejemos
eso para mañana. Lo que nunca pintaste,
lo que nunca escribiste... Mientras los otros suben,
estamos aquí abajo, rodeados de ratones.

Dejaré la reunión por veros esta noche.
Habrá vino, seguro, aunque el hígado chille.
¡A todos tres nos gusta la sopa de cebolla,
y hablar de versos, oh, nosotros que sabemos!

El barco asesino

Estaremos todos despiertos
cuando parta el barco asesino
con su carga de albatros muertos,
sin timonel, y sin destino.

¿Cuánto andará por estos mares
hacia qué muelle destruido
hasta que un día lo aprisionen
los arrecifes del olvido?

¿Hacia qué bruma, hacia qué puerto,
hacia qué bahía infernal?
¿Solo como un grumete muerto
mi corazón se quedará?

Estaremos todos borachos
cuando parta el barco asesino,
desplegadas las velas grises
el barco asesino.

Ni el más viejo se dará cuenta
-tan hábil será la maniobra-
digna de quien sabe lo suyo
la maniobra.

Sólo después, la mano hinchada,
el ojo rojo, el agrio vino,
despertaremos al espanto
del barco asesino.

Los niños abandonados

El río está en la ciudad.
El puente está sobre el río.
Bajo el puente están los granujas
no se ha hecho nada por ellos.
A la orilla, perros sarnosos,
tristes naranjas, agua oscura,
el cielo gris, las altas nubes,
sobre el puente pasan los carros.
Sobre le puente pasa mi féretro
un triste día, un triste día.
Los granujas se rascan, miran,
y alguien exclama: ¡Ahí va uno!

El país de Cocagne
(Peter Brueghel)


¡Cocagne! Aguarda, vientre harto,
caerá algo para ti.
El poeta no tiene un cuarto.
Todo para ti, nada para mí.

Peter Bruehel te pintará
satisfecho sobre la tierra.
No se sabe cuándo vendrá
el hambre -la peste- la guerra-.

¡Cocagne! Dame tu linterna
para alumbrar el ocio lleno.
El poeta no tiene pierna,
-ternera a ti y a mí veneno.

A mi soga y a ti matambre
-un día lo habrá para todos-
pero ahora, de todos modos,
como un perro me muerde el hambre.

Poema que compuso Juancito Caminador para la supuesta muerte de Juancito Caminador

Juancito caminador...
murió en un lejano puerto
el prestidigitador.
Poca cosa deja el muerto.

Terminaba su función
-canción, paloma y baraja-
todo cabe en una caja.
Todo, menos la canción.

Ponle luto a la pianola,
al barquito, a la botella,
al conejito, a la estrella,
al botellón, a la bola.

Música de barracón
-canción, baraja y paloma,
flor de trapo sin aroma.
Todo, menos la canción.

Ponle luto a la veleta,
al gallo, al reloj de cuco,
al fonógrafo, al trabuco,
al vaso y a la carpeta.

Su prestidigitación
-canción, paloma y baraja-
el tiempo humilla y ultraja.
Todo, menos la canción.

Mucha muerte a poca vida.
¡Que lo entierre de una vez
la reina del ajedrez
y un poeta lo despida!

Truco mágico, ilusión
-canción, baraja y paloma-
que todo en broma se toma.
Todo, menos la canción.

Canción para vagabundos
(que compuso Juancito Caminador)


Salud a la cofradía
trotacalle y trotamundo,
todo nos falta en el mundo
todo, menos la alegría.

Y viva la santa unión
de Sin-ropas y Sin-tierras
todo nos falta en la tierra,
todo, menos la ilusión.
Corto sueño y larga andanza
en constante despedida,
todo nos falta en la vida,
todo, menos la esperanza.

Amigos de las botellas
pero poco del trabajo,
todo nos falta aquí abajo,
todo, menos las estrellas.

Inofensiva locura,
sinrazón de vagabundo,
todo nos falta en el mundo,
todo, menos sepultura.

Prosigamos, si Dios quiere,
nuestro camino sin Dios,
que siempre se dice adiós
y una sola vez se muere.

Canción que Juancito Caminador compuso para una mujerzuela en una fiesta de bandidos

Oh, ya vendrán los buenos tiempos,
tiende la mesa en el jardín.
Presidirá la luna alcohólica
el pantagruélico festín.

Cambia tu cara melancólica,
ponte lunares y carmín.
Afuera el viento hace la ronda
y ladra lejos el mastín.

La daga oculta bajo el saco
-noche de perros y hollín-
en el foso cantan los sapos
su antigua Silly Symphony.

Pasa la peste. Ni las ratas
quedaron en el cuchitril.
Nadie comparte nuestra cama.
La portera apaga el candil.

El hambre azota al viejo pueblo,
locura y muerte están ahí.
Oh, ya vendrán los buenos tiempos
pero no preguntéis por mí.

Tú serás la dama esqueleto,
no compartirás el festín,
tu pobre nicho sin florero,
tu oscura muerte sin violón.

Coro: Oh, ya vendrán los buenos tiempos
y será tarde para tí.
Ella: ¡Conoceré bajo la tierra
el secreto del alhelí!

Canción que Juancito Caminador dejó inconclusa

Cuando la Reina y el Rey se casaron
¿recuerda usted?
Era en Viena, los valses garuraron
¿era en Budapest?
Era en Belgrado, la guerra en puerta
¿era en Zagreb?
Carmen Sylva ya estaba muerta
¿era en Bucarest?
Cuando la Reina y el Rey se casaron
¿qué pasó después?
Sonaba los violines lentos
y los graves pianos maduros
y en los horizontes oscuros
aullaban los oscuros vientos.
De los pinos en el jardín
colgaban soldados ahorcados
y el de Ulm, el campeón mastín,
ladraba cielos estrellados.
Desmayóse la Reina y todos
los concurrentes a la fiesta
buscaron en sus sobretodos
las armas. Callóse la orquesta.
En la calle, junto al farol
de suave niebla revestido,
Al Capone y el rey Carol
planeaban un rapto atrevido.
El Embajador de Alemania,
mientras tanto, trataba en vano
de besar la pálida mano
de la princesa de Rumania.
De pronto al palacio llegó
sin cabeza -nada correcto-
un mensajero del Prefecto,
y el rey Boris palideció.
Las damas regias tan amigas
de lucir siempre sus alhajas
sacaron rápidas navajas
de la vaina de hermosas ligas.
De pronto el viejo Director
del famoso Teatro Real
gritó desde el corredor...

4 comentarios:

Adrian Orellano dijo...

Bellísimo, Muy musical, una vision muy íntima de la muerte.

María dijo...

Ningún dios los cría, jajaja. Estás obsesionado, Frank. Y respecto a Mr. Tuñón, es para matarlo,digo para amarlo, o mejor: para amatarlo.
No, no estoy en la compu ahora. En realidad no existo hasta después de la semana que viene, léase hasta el ocho de diciembre. Nos vemos entonces. Besiiitosss

Pio dijo...

Casualmente ACABO de devolver algo de Tuñón a la biblioteca. No habíamos hablado de él. Loco.

mbb dijo...

Todo pasó de moda como la moda,
los querubines de los cielorrasos,
los mozos que tomaban la vida en joda
y las lágrimas blancas de los payasos.


....sin palabras....