Te presento a Facu Casas (1988- aún bajo el sol)

. miércoles, 10 de junio de 2009
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Así como lo ves, en estos cuentos, en sus re-relatos sin nombre y con mucha maña de escritor. El colgado del grupo, el que se enamora de la sensibilidad y de las cosas raras, con la venganza terrible de Dolina al oído y el que se enoja si sus textos se parecen a uno de sus escritores predilectus (en nombre de quien no debo acordarme).

Facu, te debo una mejor subida de telón, me come el sueño y la paciencia de animal, como dice el tío Gelman. Mis más colmados aplausos por tus tex-tiñes acá. En nombre de la tint-ura, la escritura y la lucha, el agrado de presentarte:

Descripción ahistórica

Sucedió recién.
El colectivo se detuvo. Se detuvo como lo haría un poco de miel arrojada hacia la tapa de un frasco, la entonces tapa cede al impulso, vago, de una fuerza meditada, calculada, y ahí, del otro lado, dos, entre la multitud de la parada. Uno: marrón, la mirada tranquila, las orejas derrumbadas sobre los pómulos, quieto, una esfinge; Dos, a su lado, restañando el ojo apenas herido del otro, con la mirada en un horizonte que escapa debajo del colectivo y se detiene algo más allá, sobre la vereda, del otro lado de la calle.
Algo asombroso había en esos perros, uniendo pelo y lengua en una especie amor lento. Tenían algo de madre e hijo, de bufanda al cuello como un abrazo frío. De repente un escalofrío y la idea de una persona restañando la herida de otra con un beso, con una caricia (¿Cortázar… continuidad?). Esos actos siempre se acompañan con algo de amor propio, un reflejo de uno mismo en ese beso que se presta casi como un regalo, un pasaje de ida y vuelta, como la lengua áspera del perro blanco, en la misma posición, que sigue en su lamer casi adormecido a dos pasos míos, pero a una distancia terrible.
Son perros y se visten de humanos de vez en cuando, cuando la inspiración del hambre les hace confundirse en un comerse lento que empieza con la lamida y luego sigue con una mordida pequeña y el ladrido apenas audible, luego la vuelta, ahora es el otro el que muerde, y así se turnan hasta que no queda nada de ellos, y su público, sus espectadores de la parada se lo perdieron, se lo perdieron aunque todo fue gritos y silencio. Los perros siempre tienen algo que decir, algo que está más allá de la mirada perdida bajo las ruedas del colectivo que ya se aleja, se aleja. Adiós, adiós perros.

Re-unión

Llegué. Me habían llamado. Sólo entre nosotros eran entendidos los códigos. Sólo nuestros. Lo poco que nos quedaba. Y aún así, aún siendo poco, era nuestra única arma.
Estábamos sentados. Dada la urgencia del hecho, dada la rapidez del hecho, dado el silencio con que debía hacerse todo, estábamos confundidos los unos con los otros. Los rangos, las clases, prácticamente toda distinción se había perdido… ahora éramos sólo esclavos. Al menos eso es lo que ellos creían.
Todo, muy diferente a otras épocas. Todo, en silencio. Sobre todo el silencio. Éramos sombras moviéndose entre las sombras, viento que se amasija lento, eso, un viento encolerizado, contenido en las formas rituales, en nuestras formas rituales. Éramos explosión, sangre, dolor. Los chamanes, los dadores de palabra, hablaban como serpientes, eran serpientes entre nosotros que escuchábamos el sabio consejo. Así como del Pop Wuj sólo quedó el consejo, el Envoltorio, su palabra.
Larga fue la reunión. Dolorosa. Los ojos de todos sangraban, lloraban tristeza. Luego bailamos en la oscuridad, escondidos a los ojos de ellos. Fue un baile doloroso, los pies nos quemaban, pero no debíamos gritar, porque eso avisaría. Era la danza del silencio. Los pies de mis iguales subían y bajaban, nadaban, eran delfines en la oscuridad, eran viento y roce, eran dolor. El cielo negro mostraba las sombras, aún mucho más negras que él y se veían los torsos, las espaldas, los pelos expandiéndose como arañas contra el cielo. Los brazos eran alaridos que se ramificaban en las manos, los ojos brillaban, de vez en cuando les daba la luna.
Nos avisaron que no había nadie cerca y entonces comenzaron los tambores… lentamente… los timbales… los bongó… los jembé… una luz, luego otra, pequeñas antorchas se encendieron y fueron acercándose una a una en la oscuridad para llegar hasta la pira de madera donde caían, alimentando cada vez más el gran fuego alrededor del que ahora bailábamos.
El ritmo era cada vez más frenético. Bailábamos, las sombras desaparecían en una sombra y luego emergían brillantes, transpiradas, los torsos vueltos hacia todos lados, las piernas y los brazos igual. Y todo era cada vez más y más rápido, parecía ser que todos entrábamos en trance, era nuestra madre dolida que nos besaba los pies y con la sangre hirviendo nos hacía alejarnos, no por fuerza sino por algo que estaba mucho más adentro, mucho más metido, ahí en los ríos profundos de la tierra, algo que hacía que diéramos vueltas, que sufriéramos, que la sintiéramos congelándose debajo nuestro, pudriéndose de tantas muertes, de tanto desastre.
Nos mintieron.
Sí había gente alrededor. Uno a uno fueron cayendo. Uno a uno caímos. Todos, todos tratados por igual, reducidos a esclavos.
Pude escapar. Y ahora dejo esto para que sea leído y nuestra identidad no desaparezca junto con muchos de nosotros.

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